sábado, 25 de octubre de 2014

Literatura y publicidad: juntas pero no revueltas.

La publicidad es un acto comunicativo, y como tal, es posible hablar de un emisor, pero este normalmente no se suele identificar con una persona si no que se relaciona con la marca anunciante. Esta invisibilidad del autor que en multitud de ocasiones le hace desplazarse a un segundo plano es una de las principales diferencias que encontramos entre la publicidad y la literatura, ya que en esta última el autor es el eje indispensable sobre el que el receptor es capaz de comprender de forma completa una obra. Otro de los rasgos que referentes al autor y que diferencia a la literatura y la publicidad es que mientras que la literatura tiene por emisor a un único artífice, lo habitual en la publicidad es encontrarse con trabajos de autoría colectiva en los  que diferentes creativos publicitarios conjugan sus ideas para lograr así el éxito.

También cabe resaltar entre estas diferencias el hecho de que la literatura responde a un carácter totalmente voluntario, mientras que la publicidad es una actividad que se da por encarga y que se ve supeditada en multitud de ocasiones por múltiples parámetros pese a que en apariencia premie la libertad creativa.

En lo que se refiere al papel del lenguaje en estos géneros, en la publicidad predomina la función apelativa (que con el paso del tiempo y la sofisticación de los medios se ha ido disimulando para evitar así la reacción adversa del consumidor), mientras que en la literatura la función dominante es la expresiva (el autor muestra sus emociones y su forma de ver el mundo).

Así mismo, conviene aclarar que al hablar de publicidad vamos más allá de la publicidad comercial (predominante en nuestros días y que surge de la mano de la Revolución Industrial), de tal modo que con la palabra publicidad se abarca también la propaganda política y la religiosa. Por esto es posible establecer a la vez un férreo vínculo entre literatura y publicidad, ya que si nos remontamos a la época medieval, la literatura no podía ser concebida sin un afán propagandístico de carácter didáctico o moralizante.

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